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martes, 11 de diciembre de 2007

Polonia I: Cracovia

JUEVES 6-12-07

Tras dormir poco, madrugamos para dirigirnos a Cracovia en tren. Compramos los billetes con toda normalidad y la primera dificultad se nos presentó a los escasos segundos: aquel día nos habíamos aventurado a coger la silla para recorrer la primera parte de nuestro viaje y al intentar bajar a los andenes, vimos que no había ascensor ni plataforma alguna para minusválidos. Tras darle a un botón y sonar un par de veces la alarma, apareció un señor para decirnos que la solución pasaba por bajar por las escaleras mecánicas. Amablemente, nos ayudó hasta el andén. Allí, hice mis primeros pinitos en polaco: pedí dos botellas de agua, y aunque me entendieron, no perdieron la ocasión para estafarme y venderme la más cara. Al tren subimos ayudados por dos señores que amablemente se ofrecieron, si bien sería la única ayuda que recibiríamos a lo largo del viaje.

Tras dos horas y media, llegamos a Cracovia, que me gustó, aunque me esperaba algo más. Me recordó muchísimo a Zagreb o Ljubljana, incluso a Tübingen en ciertos momentos. No se aleja de la arquitectura austro-húngara, y si bien es bonita, no me resultó novedosa. No obstante, me sorprendió la afluencia de gente en las iglesias un jueves por la mañana; también me impactó la edad de la gente allí presente, y el elevado número de hombres en los templos; no dejó de impresionarme el que hubiera imágenes de santos en las calles, como me encontré en Zagreb en su día, y que una de las vírgenes fuera negra, como la Moreneta. Sabía que la religión era un factor importante en la vida polaca actual, pero en general me ha sorprendido la gran presencia que tiene. Además de las mil y una velitas que hay esparcidas por uno y otro rincón de la ciudad, también los judios siguen teniendo su gran peso en la sociedad: y para muestra, el enorme candelabro judío que me encontrado a la entrada al aeropuerto de Varsovia, tras pasar el primer control de seguridad; segundos después, he flipado al encontrarme un cartel que indicaba la dirección de la capilla; y finalmente, cuando he llegado a Belgrado y me he fijado en la bolsa de la compra del duty-free polaco en el que he estado escasos minutos antes de embarcar: los fondos de la tienda iban destinados a una asociación judía. Menos mal que venía a Belgrado y no a un país árabe, porque creo que no les habría hecho ni un pelo de gracia que apareciera paseándome tan tranquila con una bolsa como aquellas.

Además, del Rynek de Cracovia, es decir, de la conocida plaza central, estuvimos también el Wawel, el castillo desde el cual se divisa el Vístula. Al bajar, ya casi sin luz, fuimos a comer a un restaurante de comida típica polaca. Y me encantó: tanto la comida (yo tomé “zur”, una sopa metida en un pan, y ensalada), como el restaurante. Estaba decorado de manera rústica y muy agradable. La comida la terminamos con un vodka, y la rematamos con un té en el en el barrio judío, Kazimierz. Dicen que allí se grabó parte de la Lista de Schindler, o que por lo menos estaba ambientada en esta zona. No estoy segura, pero sólo sé que me gustó muchísimo. Desconozco la razón, pero siempre sentí cierta atracción hacia los antiguos barrios o guetos judíos. Me pasó lo mismo al visitar Praga, Budapest, Berlín, etc. Fue una pena que nos aventuráramos ya de noche por sus callejuelas adoquinadas (¡¿Podéis imaginaros cómo íbamos con la silla de ruedas?! Fue un descojone total, al tiempo que un sufrimiento para el pobre Alfonso, que debía ir levantándose cada vez que llegábamos a un bordillo, puesto que desconocíamos cómo subirlos o bajarlos. Al final, lo conseguimos, y 3 días después subíamos y bajábamos como auténticos profesionales, sin necesidad de que el pobre tuviera que estar constantemente levantándose.

En cuanto a Kazimierz, me encantaron sus locales, que me recordaron muchísimo a Berlín, me hubiera chiflado comer en uno de sus restaurantes y escuchar la música tradicional, y me fascinó la tarde de cafetería que pasamos perdidos en una de sus plazas y en donde disfrutamos como enanos haciéndonos fotos durante horas con el reflejo de un espejo, tres velas, y nosotros. Definitivamente mi autorregalo de Navidad va a ser una cámara digital… ¡Qué fotos han salido! Algunas son realmente muy bonitas…

Y de aquellas conversaciones en la cafetería, salió la de la música judía. Hasta el momento, yo sólo había escuchado a Shira Uftila, el grupo sefardí de Belgrado, pero esa misma noche, la del 6 de diciembre, Święty Mikołaj se acordó de mí y me dejó como regalo del disco “East meets East” de Nigel Kennedy and the Kroke Band. Simplemente, me encanta. Lo llevo escuchando desde que he llegado a casa, y lo mejor de todo es que empezamos a hablar de susodicho tema por la canción que encabeza el disco: Ajde Jano. Alfonso la había estado tarareando, pero yo no conseguía reconocerla. No es que cante mal (que no es precisamente el caso), simplemente sé que no tengo muy buen oido. La cuestión es que al llegar a casa la noche del viernes y poner el disco, me quedé alucinada: era una canción que yo había oido muchas veces cantar en las “kafanas” serbias como canción tradicional suya. De hecho, pude reconocer rápidamente dos palabras de la letra “Ajde, duso” (Venga, cariño). Al buscar más información al respecto en internet, descubrimos que se trataba de una canción típica de Kosovo y del sur de Serbia y, efectivamente, la letra (cutrísima, como muchas de las canciones de este género) estaba en serbio. Simplemente, aluciné.

La noche en Cracovia acabó en un “keller” (Alfonso, ¿se escribe así?) (como aquellos típicos de Alemania, abovedados y de piedra o ladrillo. Superagradables) tomando una cerveza polaca, suave pero buena para mi gusto. Nos acostamos relativamente pronto. Al día siguiente había que madrugar porque yo quería ir hasta Auswitz, a una hora y media de Cracovia.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Verano en Serbia

Ya estoy de nuevo frente a la brisa mediterránea, que lejos de traerme un final feliz de las vacaciones, creo que lo que me va a traer va a ser un catarro, puesto que desde hace un par de horas comienzo a notarme las anginas. Hace escasas horas que he vuelto a aterrizar en casa después de 10 días por tierras balcánicas. Han sido, de hecho, mis primeros 10 días de verano en aquellas tierras, que siempre he conocido sometidas a efectos otoñales, hibernales o primaverales, a lo sumo. Y sinceramente, el cambio es enorme. Como ya dije en los últimos posts de junio, la ciudad poco –o nada- tiene que ver con el Belgrado de enero o febrero. Ya no sólo por el cambio climático, sino también por el de la gente, la ciudad… Todo revive, todo se mueve, incluso el termómetro, que nos ha llegado a apurar en ciertos momentos superando los 40ºC, a lo que hemos tenido que responder con horas de relax y vaso en mano de Jelen Pivo, la cerveza nacional :)

Han sido 10 días intensos y, en consecuencia, cortos. Además de reencontrarme con bastante gente, tuve la suerte de que me viniera a visitar Irene, a quien fui a visitar a Berlín en febrero (Entradas “Berlín I” y “Berlín II"). Durante estos días, hemos tenido tiempo para hacer un poco de todo: desde contarnos lo sucedido en nuestras vidas en los últimos meses, hasta recordar nuestro primer viaje juntas a Alemania, tomar café en las terrazas del Danubio, pasearnos por las calles de Belgrado, organizar una fiesta en casa, o recorrernos la parte nordoeste de Serbia.

En concreto, a las pocas horas de llegar a Serbia, movidas por conocer algo diferente del país y huir del calor asfixiante de la ciudad, decidimos irnos a Zlatibor. Es una zona de montañas a 230 km. de Belgrado y situada justo en la parte oeste del centro de Serbia en la frontera con Bosnia. Por allí pasaba antiguamente la línea de tren que unía las dos capitales y allí cerca queda el Drina, el río que marca la frontera y que da origen al Nobel más conocido de la literatura serbia: Un puente sobre el Drina, que es el libro que me estoy leyendo en estos momentos. Así que por todas estas tonterías, además de las numerosas recomendaciones que había recibido por parte de muchos serbios, me decidí a llevar a Irene para allá. Y qué mala idea tuve. Personalmente, no me gustó nada. Resultó ser un resort turístico que entiendo que guste a los serbios, pero que para nada sería el lugar de vacaciones que yo escogería.

Zlatibor es un pequeño pueblo muy similar a cualquiera de las aldeas de los Pirineos, pero además, está destinada 100% al turista nacional, así que os podéis imaginar: restaurantes, cafeterías y atracciones para los niños por todos lados. Todos, imagino que la mayoría belgradenses, llegan hasta allí en coche, hecho que después repercutiría en nuestros planes. Nosotras habíamos llegado en autobús, después de casi 5 horas de trayecto… He aquí el autobús, para que os hagáis una idea:

Irene y el trasto en el que viajábamos

Si el autobús puede llegar a espantar a algunos, más os hubiera espantando la forma de conducir del conductor. Irene, acostumbrada al hacer de los alemanes, se ponía las manos en la cabeza y prefería perder su mirada por las ventanas de los lados. El paisaje era bonito, aunque estoy casi convencida de que en invierno lo es más. Quizá me deje caer este año para poder comparar y contrarstar. Quizá Zlatibor, a diferencia de Belgrado, gane en los meses de frío y nieve:

Paisaje de Zlatibor. Me gustó especialmente el color dorado que le daba el trigo.

Los pajares son algo muy frecuentes en el paisaje de la Serbia rural.

Otra de las razones por las que habíamos escogido Zlatibor era porque cerca de allí, a escasos 30 kilómetros, estaban Sirogojno en una dirección y Mokra Gora y el Sargan Eight, en la otra. Sirogojno es un viejo pueblo medieval típico de la zona de Zlatibor que se ha conservado y que han convertido en museo. Aquí os dejo una foto que he sacado de internet:

En Mokra Gora hay otro pueblo similar, Mecavnik, pero este no es auténtico, sino que lo mandó construir el conocido director de cine Emir Kusturica para su película “La vida es un milagro”. Cerca de allí está el Sargan Eight, un tren de comienzos del siglo XX cuyo trayecto actualmente sólo cubre 8 kilómetros que han sido reconstruidos de la línea que antiguamente cubría Belgrado-Sarajevo y que hoy en día, desgraciadamente, ya no funciona.

Las vistas, según dicen, son preciosas. Matizo “según dicen”, porque desgraciadamente no pudimos verlas. Parece que todo se conjuró para que así fuera y estuviéramos condenadas a quedarnos dos días en Zlatibor. ¿Razones?

La primera y principal es que desde Zlatibor NO HAY (increible) autobuses directos a estos lugares, que son el principal atractivo turístico de la zona. Hay que dar una vuelta TREMENDA que te lleva, como mínimo 2 horas. La mayoría de turistas que llegan a la zona lo hacen en coche y, por lo tanto, no tienen el problema que se nos presentó a nosotras. Además, en la ciudad había algunas agencias turísticas que organizaban tours pero ya tenían el cupo completo. Alquilar un coche desde Belgrado nos salía demasiado caro, dado que el alquiler de coches es carísssssssimo en Serbia. Parece mentira.

Así que vistas las opciones que nos quedaban, acordamos a la mañana siguiente levantarnos temprano, coger bicicletas y dirigirnos a Sirogojno, puesto que quedaba más cerca y se trataba del pueblo original. Además, de haber querido ir a Mokra Gora y coger el tren, teníamos que haber llegado allí antes de las 10 de la mañana porque solamente sale un tren al día (a las 10.10 de la mañana). Increible. Se nota que este país sigue, desgraciadamente, no estando preparado para el turismo. Sin embargo, Irene pasó mala noche y no se pudo levantar hasta el mediodía, así que nuestros planes quedaron reducidos a una tarde tiradas en el prado, un paseo en barca por el lago y una cena a la serbia.

Un rinconcito de Zlatibor


Lago en el centro de Zlatibor

Tarde de siesta en uno de los prados, en donde la gente, a falta de playas y esterillas, extiende sus mantas de invierno y se echa a junto al lago.

Por suerte, las cosas estuvieron más moviditas a la vuelta a Belgrado. La primera noche tuvimos fiesta en casa. Miguel, un compañero de trabajo, cumplía 26 y no tenía casa, así que me la pidió prestada para la fiesta. Lo pasamos genial, sobre todo, Irene, que encontró en Meri y Aida, las sudamericanas, las aliadas perfectas para una noche de remembering tübingueño :)

Y el resto de la semana lo pasamos paseando por Belgrado y Novi Sad. En Belgrado, pasamos el primer día por el Danubio. Comida en la terraza del Stara Koliba, un bar flotante que está situado exactamente en la desembocadura del río Sava en el Danubio (para los que no lo sepáis, son los dos ríos que atraviesan Belgrado). Y para bajar la comidita, nos dimos un laaaaaargo paseo hasta Zemun, que actualmente es un barrio de Belgrado pero que antiguamente fue ciudad independiente. Realmente era un pueblo de pescadores y perteneció al imperio austro-húngaro, lo cual todavía puede respirarse en sus calles, en su arquitectura, diferente a la del resto de Belgrado y mucho más similar a la de Novi Sad, ciudad que visitaríamos al día siguiente.

Sin embargo, antes de llegar a Zemun decidimos ir a Lido, una de las “playas” a las que los belgradenses acuden en verano. La otra, es el lago de Ada, del que ya hablé hace meses (Post de abril: Una playita en el centro de los Balcanes). Lido está situada justo en la isla que está en el Danubio y a ella se llega A TRAVÉS DE UN PUENTE MILITAR. Flipé… Se trata de un puente desmontable que jamás antes había visto. En Lido duramos poco porque los mosquitos empezaban a atacar; un par de fotos de la puesta de sol, y marcha en dirección a Zemun, fin de nuestra aventura para ese día.

Durante el atardecer, la luna vista desde el Danubio

Zemun visto desde la isla del Danubio


Y nada, la semana acabó en Novi Sad, en una ciudad a 80 kilómetros al norte de Belgrado que yo ya había visitado en un par de ocasiones y que no me había gustado. Sin embargo, esta vez me encantó. ¿La clave? El tiempo… De verla lloviendo y con frío, a verla con sol, es blanco y negro. De hecho, creo que me gustó más que Belgrado. Es mucho más próxima al norte de Europa, parte que hace unos años me atraía mucho y que últimamente ha dejado de encandilarme tanto… Sin embargo, hablar con Irene estos días ha vuelto a prender esa mecha y revivir algo que siempre ha estado en mi mente pero que parecía haberse diluido con el tiempo: que Belgrado no es el final, que el camino debe continuar, que hay mucho más más allá y hay que aprovecharlo, vivirlo…

En fin, en Novi Sad nos encontramos con un viejo amigo de Irene que había conocido en una Summer University en Polonia y nos hizo un poco de guía turístico, aunque estaba algo nervioso porque al día siguiente se iba a China para estudiar tres años y sus maletas continuaban sin estar hechas.

Lo que más me gustó de Novi Sad: las vacas de la plaza central, puestas sin más afán que ser arte, al igual que los leones que hace unos años (desconozco si siguen allí) poblaban Lyon. Tremenda colección la que tienen, para todos los gustos y colores:





Y nada, el viaje a casa fue “relativamente” tranquilito a pesar de volver con Alitalia. No me perdieron la maleta ni me dejaron tirada. El único susto que me dieron fue que al coger el segundo avión (Milán-Valencia)… ¡Sorpresaaaa! Éramos 2 personas con el mismo asiento: 25L. La chica se reía de los nervios; yo, también. Supongo que ambas temblábamos ante la idea de pensar que eran finales de agosto, que el avión iría lleno, que una corría el peligro de quedarse en tierra… Finalmente, resultó ser que el asiento me correspondía a mí que había facturado antes, pero por suerte quedaba algún asiento vacío en el avión y las dos podíamos volar… Menos mal.

Ahora estoy en Valencia y el ritmo de estos últimos días veraniegos vendrá marcados, parece ser, por mis queridas anginas, que siguen molestándome. A ver hasta cuándo…