JUEVES 6-12-07
Tras dormir poco, madrugamos para dirigirnos a Cracovia en tren. Compramos los billetes con toda normalidad y la primera dificultad se nos presentó a los escasos segundos: aquel día nos habíamos aventurado a coger la silla para recorrer la primera parte de nuestro viaje y al intentar bajar a los andenes, vimos que no había ascensor ni plataforma alguna para minusválidos. Tras darle a un botón y sonar un par de veces la alarma, apareció un señor para decirnos que la solución pasaba por bajar por las escaleras mecánicas. Amablemente, nos ayudó hasta el andén. Allí, hice mis primeros pinitos en polaco: pedí dos botellas de agua, y aunque me entendieron, no perdieron la ocasión para estafarme y venderme la más cara. Al tren subimos ayudados por dos señores que amablemente se ofrecieron, si bien sería la única ayuda que recibiríamos a lo largo del viaje.
Tras dos horas y media, llegamos a Cracovia, que me gustó, aunque me esperaba algo más. Me recordó muchísimo a Zagreb o Ljubljana, incluso a Tübingen en ciertos momentos. No se aleja de la arquitectura austro-húngara, y si bien es bonita, no me resultó novedosa. No obstante, me sorprendió la afluencia de gente en las iglesias un jueves por la mañana; también me impactó la edad de la gente allí presente, y el elevado número de hombres en los templos; no dejó de impresionarme el que hubiera imágenes de santos en las calles, como me encontré en Zagreb en su día, y que una de las vírgenes fuera negra, como la Moreneta. Sabía que la religión era un factor importante en la vida polaca actual, pero en general me ha sorprendido la gran presencia que tiene. Además de las mil y una velitas que hay esparcidas por uno y otro rincón de la ciudad, también los judios siguen teniendo su gran peso en la sociedad: y para muestra, el enorme candelabro judío que me encontrado a la entrada al aeropuerto de Varsovia, tras pasar el primer control de seguridad; segundos después, he flipado al encontrarme un cartel que indicaba la dirección de la capilla; y finalmente, cuando he llegado a Belgrado y me he fijado en la bolsa de la compra del duty-free polaco en el que he estado escasos minutos antes de embarcar: los fondos de la tienda iban destinados a una asociación judía. Menos mal que venía a Belgrado y no a un país árabe, porque creo que no les habría hecho ni un pelo de gracia que apareciera paseándome tan tranquila con una bolsa como aquellas.
Además, del Rynek de Cracovia, es decir, de la conocida plaza central, estuvimos también el Wawel, el castillo desde el cual se divisa el Vístula. Al bajar, ya casi sin luz, fuimos a comer a un restaurante de comida típica polaca. Y me encantó: tanto la comida (yo tomé “zur”, una sopa metida en un pan, y ensalada), como el restaurante. Estaba decorado de manera rústica y muy agradable. La comida la terminamos con un vodka, y la rematamos con un té en el en el barrio judío, Kazimierz. Dicen que allí se grabó parte de la Lista de Schindler, o que por lo menos estaba ambientada en esta zona. No estoy segura, pero sólo sé que me gustó muchísimo. Desconozco la razón, pero siempre sentí cierta atracción hacia los antiguos barrios o guetos judíos. Me pasó lo mismo al visitar Praga, Budapest, Berlín, etc. Fue una pena que nos aventuráramos ya de noche por sus callejuelas adoquinadas (¡¿Podéis imaginaros cómo íbamos con la silla de ruedas?! Fue un descojone total, al tiempo que un sufrimiento para el pobre Alfonso, que debía ir levantándose cada vez que llegábamos a un bordillo, puesto que desconocíamos cómo subirlos o bajarlos. Al final, lo conseguimos, y 3 días después subíamos y bajábamos como auténticos profesionales, sin necesidad de que el pobre tuviera que estar constantemente levantándose.
En cuanto a Kazimierz, me encantaron sus locales, que me recordaron muchísimo a Berlín, me hubiera chiflado comer en uno de sus restaurantes y escuchar la música tradicional, y me fascinó la tarde de cafetería que pasamos perdidos en una de sus plazas y en donde disfrutamos como enanos haciéndonos fotos durante horas con el reflejo de un espejo, tres velas, y nosotros. Definitivamente mi autorregalo de Navidad va a ser una cámara digital… ¡Qué fotos han salido! Algunas son realmente muy bonitas…
Y de aquellas conversaciones en la cafetería, salió la de la música judía. Hasta el momento, yo sólo había escuchado a Shira Uftila, el grupo sefardí de Belgrado, pero esa misma noche, la del 6 de diciembre, Święty Mikołaj se acordó de mí y me dejó como regalo del disco “East meets East” de Nigel Kennedy and the Kroke Band. Simplemente, me encanta. Lo llevo escuchando desde que he llegado a casa, y lo mejor de todo es que empezamos a hablar de susodicho tema por la canción que encabeza el disco: Ajde Jano. Alfonso la había estado tarareando, pero yo no conseguía reconocerla. No es que cante mal (que no es precisamente el caso), simplemente sé que no tengo muy buen oido. La cuestión es que al llegar a casa la noche del viernes y poner el disco, me quedé alucinada: era una canción que yo había oido muchas veces cantar en las “kafanas” serbias como canción tradicional suya. De hecho, pude reconocer rápidamente dos palabras de la letra “Ajde, duso” (Venga, cariño). Al buscar más información al respecto en internet, descubrimos que se trataba de una canción típica de Kosovo y del sur de Serbia y, efectivamente, la letra (cutrísima, como muchas de las canciones de este género) estaba en serbio. Simplemente, aluciné.
La noche en Cracovia acabó en un “keller” (Alfonso, ¿se escribe así?) (como aquellos típicos de Alemania, abovedados y de piedra o ladrillo. Superagradables) tomando una cerveza polaca, suave pero buena para mi gusto. Nos acostamos relativamente pronto. Al día siguiente había que madrugar porque yo quería ir hasta Auswitz, a una hora y media de Cracovia.
Tras dormir poco, madrugamos para dirigirnos a Cracovia en tren. Compramos los billetes con toda normalidad y la primera dificultad se nos presentó a los escasos segundos: aquel día nos habíamos aventurado a coger la silla para recorrer la primera parte de nuestro viaje y al intentar bajar a los andenes, vimos que no había ascensor ni plataforma alguna para minusválidos. Tras darle a un botón y sonar un par de veces la alarma, apareció un señor para decirnos que la solución pasaba por bajar por las escaleras mecánicas. Amablemente, nos ayudó hasta el andén. Allí, hice mis primeros pinitos en polaco: pedí dos botellas de agua, y aunque me entendieron, no perdieron la ocasión para estafarme y venderme la más cara. Al tren subimos ayudados por dos señores que amablemente se ofrecieron, si bien sería la única ayuda que recibiríamos a lo largo del viaje.
Tras dos horas y media, llegamos a Cracovia, que me gustó, aunque me esperaba algo más. Me recordó muchísimo a Zagreb o Ljubljana, incluso a Tübingen en ciertos momentos. No se aleja de la arquitectura austro-húngara, y si bien es bonita, no me resultó novedosa. No obstante, me sorprendió la afluencia de gente en las iglesias un jueves por la mañana; también me impactó la edad de la gente allí presente, y el elevado número de hombres en los templos; no dejó de impresionarme el que hubiera imágenes de santos en las calles, como me encontré en Zagreb en su día, y que una de las vírgenes fuera negra, como la Moreneta. Sabía que la religión era un factor importante en la vida polaca actual, pero en general me ha sorprendido la gran presencia que tiene. Además de las mil y una velitas que hay esparcidas por uno y otro rincón de la ciudad, también los judios siguen teniendo su gran peso en la sociedad: y para muestra, el enorme candelabro judío que me encontrado a la entrada al aeropuerto de Varsovia, tras pasar el primer control de seguridad; segundos después, he flipado al encontrarme un cartel que indicaba la dirección de la capilla; y finalmente, cuando he llegado a Belgrado y me he fijado en la bolsa de la compra del duty-free polaco en el que he estado escasos minutos antes de embarcar: los fondos de la tienda iban destinados a una asociación judía. Menos mal que venía a Belgrado y no a un país árabe, porque creo que no les habría hecho ni un pelo de gracia que apareciera paseándome tan tranquila con una bolsa como aquellas.
Además, del Rynek de Cracovia, es decir, de la conocida plaza central, estuvimos también el Wawel, el castillo desde el cual se divisa el Vístula. Al bajar, ya casi sin luz, fuimos a comer a un restaurante de comida típica polaca. Y me encantó: tanto la comida (yo tomé “zur”, una sopa metida en un pan, y ensalada), como el restaurante. Estaba decorado de manera rústica y muy agradable. La comida la terminamos con un vodka, y la rematamos con un té en el en el barrio judío, Kazimierz. Dicen que allí se grabó parte de la Lista de Schindler, o que por lo menos estaba ambientada en esta zona. No estoy segura, pero sólo sé que me gustó muchísimo. Desconozco la razón, pero siempre sentí cierta atracción hacia los antiguos barrios o guetos judíos. Me pasó lo mismo al visitar Praga, Budapest, Berlín, etc. Fue una pena que nos aventuráramos ya de noche por sus callejuelas adoquinadas (¡¿Podéis imaginaros cómo íbamos con la silla de ruedas?! Fue un descojone total, al tiempo que un sufrimiento para el pobre Alfonso, que debía ir levantándose cada vez que llegábamos a un bordillo, puesto que desconocíamos cómo subirlos o bajarlos. Al final, lo conseguimos, y 3 días después subíamos y bajábamos como auténticos profesionales, sin necesidad de que el pobre tuviera que estar constantemente levantándose.
En cuanto a Kazimierz, me encantaron sus locales, que me recordaron muchísimo a Berlín, me hubiera chiflado comer en uno de sus restaurantes y escuchar la música tradicional, y me fascinó la tarde de cafetería que pasamos perdidos en una de sus plazas y en donde disfrutamos como enanos haciéndonos fotos durante horas con el reflejo de un espejo, tres velas, y nosotros. Definitivamente mi autorregalo de Navidad va a ser una cámara digital… ¡Qué fotos han salido! Algunas son realmente muy bonitas…
Y de aquellas conversaciones en la cafetería, salió la de la música judía. Hasta el momento, yo sólo había escuchado a Shira Uftila, el grupo sefardí de Belgrado, pero esa misma noche, la del 6 de diciembre, Święty Mikołaj se acordó de mí y me dejó como regalo del disco “East meets East” de Nigel Kennedy and the Kroke Band. Simplemente, me encanta. Lo llevo escuchando desde que he llegado a casa, y lo mejor de todo es que empezamos a hablar de susodicho tema por la canción que encabeza el disco: Ajde Jano. Alfonso la había estado tarareando, pero yo no conseguía reconocerla. No es que cante mal (que no es precisamente el caso), simplemente sé que no tengo muy buen oido. La cuestión es que al llegar a casa la noche del viernes y poner el disco, me quedé alucinada: era una canción que yo había oido muchas veces cantar en las “kafanas” serbias como canción tradicional suya. De hecho, pude reconocer rápidamente dos palabras de la letra “Ajde, duso” (Venga, cariño). Al buscar más información al respecto en internet, descubrimos que se trataba de una canción típica de Kosovo y del sur de Serbia y, efectivamente, la letra (cutrísima, como muchas de las canciones de este género) estaba en serbio. Simplemente, aluciné.
La noche en Cracovia acabó en un “keller” (Alfonso, ¿se escribe así?) (como aquellos típicos de Alemania, abovedados y de piedra o ladrillo. Superagradables) tomando una cerveza polaca, suave pero buena para mi gusto. Nos acostamos relativamente pronto. Al día siguiente había que madrugar porque yo quería ir hasta Auswitz, a una hora y media de Cracovia.