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sábado, 17 de noviembre de 2007

Ya está aquí

Hoy he madrugado. Me espera un largo día lleno de actividades por delante y antes quería sentarme un rato a escribir mi queridísima memoria. Al abrir los ojos, la falta de ese tono dorado que invade la habitación cuando afuera brilla el sol, me ha hecho pensar en que hoy era nuevamente uno de esos días de cielos plomizos. Y en efecto, pero acompañado ya de los primeros efectos hibernales, de esa señorita blanca, fina y delicada que tan poco me apetecía que llegase.



Estaba convencida de que no iba a ser este fin de semana: El jueves pasado se dijo que nevaría y no lo hizo, con lo cual la noticia me llevó a pensar casi de forma inconsciente que había terminado la amenaza durante un tiempo. Mis esperanzas dictaban que hasta después de Navidad no podía caer copo alguno. Demasiado ingenua. El recuerdo del invierno pasado, cálido y agradable como muchos no imaginaban en estas tierras, ha quedado cubierto por otro que ya se avecina frío y largo, como el primero que pasé en estos lares.


Me pregunto si no será una estrategia del tiempo para que definitivamente me entren ganas de quedarme en casa, sentadita, frente a mi radiador, mi tocho de apuntes y mi taza de té...

lunes, 29 de octubre de 2007

Oscuridad tupida, densa

Cuarenta y ocho horas después del último sábado de octubre, uno de esos días del año que más detesto. La oscuridad me mata y Belgrado parece haberse dejado invadir por ella con el cambio de las varillas. Ya temprano, el cielo aparece cubierto de una capa gris y espesa, cargada de humedad. Permanece quieta, inmóvil. Amenazante. Se pierde la escasa luz del día y con ella, mi energía. Aun así, intento mantener mi sonrisa. Apenas son las 3 de la tarde. Comienza a anochecer y aumenta mi angustia creciente con la llegada de noviembre. El reloj marca las cinco. Es noche cerrada. Entre esa oscuridad tupida, densa, me dispongo a continuar el día, la noche, el invierno.