Cuarenta y ocho horas después del último sábado de octubre, uno de esos días del año que más detesto. La oscuridad me mata y Belgrado parece haberse dejado invadir por ella con el cambio de las varillas. Ya temprano, el cielo aparece cubierto de una capa gris y espesa, cargada de humedad. Permanece quieta, inmóvil. Amenazante. Se pierde la escasa luz del día y con ella, mi energía. Aun así, intento mantener mi sonrisa. Apenas son las 3 de la tarde. Comienza a anochecer y aumenta mi angustia creciente con la llegada de noviembre. El reloj marca las cinco. Es noche cerrada. Entre esa oscuridad tupida, densa, me dispongo a continuar el día, la noche, el invierno.
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lunes, 29 de octubre de 2007
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